miércoles, 28 de abril de 2010

Cuando descubrí que los lavarropas pueden volar.



Cuando descubrí que los lavarropas pueden volar.




Una mañana de inviernos, de esas frías y secas que parece que se te cortan los dedos, corría a mi trabajo, no hacia mucho que vivía en córdoba y aun me sorprendían esas cosas que según muchos eran momentos de lo cotidiano y monótono, de repente algo paro mi corrida; era un ruido, como un trueno sobre mi, casi por instinto levante la cabeza y lo vi, un inmenso aparato blanco sostenido en el aire, quede estática sin respiro mis ojos fijos inmóviles, no creían lo que veían.



Unos minutos después, todo era como si no hubiera pasado nada, ya no estaba mas, solo una estela de nubes estiradas.

Perro Flaco



Perro flaco



Eran las dos de la tarde, momento del almuerzo, Salí del edificio rojo casi huyendo de mi opresor, me senté en un banco blanco de una plaza a unas cuadras de mi cautivo por temor de no llegar justo cuando el reloj marcara las tres.



Sentada junto a un perro negro y flaco, que me miraba como quien mira a la nada, me di cuenta lo lejos que estaba de el; acerque mi mano para tocarlo pero no llegue a mi fin; no quise hacerlo y lo ignore mientras comía una manzana.


Desvíe la mirada hacia el cielo y baje por los edificios hasta llegar al triste perro que ahora si me veía y como un asalto llego un pensamiento; “cuando no estoy, es cuando mas me ven”; y esto contesto a otro pensamiento, ya casi olvidado; “entre menos busco mi destino, mas lo tengo” quizás no debo prestar atención a lo que quiero, solo sentir y así llega, ese perro me lo dijo.


Busque nuevamente con la mirada al perro flaco y ya no estaba. La alarma sonó, ya eran las tres.



El viejo roto

Caminaba por la cañada , por esa parte verde y caramelo de la ciudad, me detuve por una imagen en mi cabeza ; era un viejo roto en el alma arriba de un colchón de dos plaza y una escoba; navegando por el río, mire rápidamente y ahí estaba justo al caer el sol.

Seguí caminando y me preguntaba donde iría? y como el colchón no se no hundía?...


Seguí , llegue a la parada del A7 , subí y casi no había gente ; los domingo son para pasear , eso decía mi abuela y ese día le había hecho caso, sentada en la butaca doble de la fila izquierda al lado de la ventanilla.


Miraba a la masa vestida de colores con aire de turista llenas de bolsas blancas, me recordaban al viejo con cara de nada navegando por la cañada y luego pensé en mí y mire el pálido reflejo de mi rostro en el vidrio y me quede ahí en la eternidad de los ojos que veía que ya no parecían míos.

Sí, ya era el tiempo ¡! Había que bajar ¡! Yo ya no estaba allí.

¿Pero donde estaba? ¿Cuándo paso que yo no era yo? Y ahora era parte de todo.

Eso que veía no era yo, sentí necesidad de un espejo, pero sabía que tampoco me iba a encontrar.

Ese colectivo nunca paro, a pesar que yo ya había llegado a mi casa.